La campiña, con los cinco sentidos
Viajar por la Campiña de Guadalajara es regalarse una escapada repleta de sensaciones. Los cinco sentidos marcan el rumbo de un itinerario que arrancamos en Yunquera de Henares, saboreando los secretos de una de las cervezas craft con más personalidad del país, continuamos tocando el viento desde casi mil metros de altura en el cerro de La Muela y terminamos con un baño de sonidos al atardecer en las Lagunas de Puebla de Beleña.
Nunca podríamos imaginar todo lo que esconde una cerveza. Detrás de las que se producen en la fábrica de Cervezas Arriaca, en Yunquera de Henares, no sólo hay lúpulo, centeno, agua y levadura. Hay historia, mil matices y mil decisiones técnicas que, mezcladas con pasión, paciencia e ideas creativas, las han convertido en una referencia del sector micro cervecero en España. Se elaboran desde hace 12 años en el polígono Mohedano, a 15 kilómetros de Guadalajara (70 de Madrid), y por eso, nuestra primera parada empieza aquí.
Hemos quedado con Jesús León, su director general, que nos recibe en la tienda física a la entrada de la fábrica, un lugar acogedor y bien decorado, con barra y mesas, donde exhiben las doce variedades que producen y donde observamos, gracias a una amplia cristalera, una panorámica de la planta. Es ahí donde controlan todo el proceso productivo, elaboran pequeños lotes de cerveza en los que prima la calidad sobre la cantidad y también envasan. Es la seña de identidad del movimiento craft con el que Jesús, remarca, se sienten identificados.
Todo este mimo explica los colores, los aromas, los sabores y las texturas de una gama que destaca por ser original y auténtica, 100% malta, y que ha sido premiada en Praga, Dublín, Bruselas o Barcelona, entre otros lugares.

La charla es todo un viaje. Para entender lo que estamos viendo, Jesús nos lleva hasta Estados Unidos y a finales de los años 70, cuando se permite la fabricación casera de cerveza, la cerveza de garaje. La historia del ‘do it yourself’ nos atrapa y el relato nos permite continuar oliendo diferentes tipos de malta (la parte dulce, la que da los matices cerveceros) y el lúpulo (la parte amarga, resinosa y floral), de aroma más “acebollado” y que aporta sabores afrutados y cítricos con flores de nueva generación. La complejidad de la cerveza, cuenta Jesús, procede precisamente del amplio abanico organoléptico que producen la mezcla del agua, el lúpulo, la levadura y la malta.
El agua también condiciona los estilos cerveceros. La del Sorbe, que es con la que fabrican las cervezas Arriaca, es muy buena y baja en minerales. La levadura es, al fin, la que realmente obra el milagro al comerse el azúcar del mosto y transformarlo en cerveza.
Olemos primero, luego entendemos el proceso de elaboración. Otro viaje que incluye el macerado, la extracción del mosto, la cocción, el centrifugado, el enfriado, la fermentación, la maduración, el filtrado tangencial y el envasado. Algo que explica apasionadamente Jesús, con el que terminamos hablando de maridaje. Nos llevamos algunas ideas: las rubias son perfectas para aperitivos y ensaladas, marisco o pescado fresco; las IPA, para carnes rojas, estofados o pescados grasos; la Imperial Red IPA, para platos asiáticos y las negras, para postres, especialmente, tartas de chocolate o tiramisú.

Lo comprobamos después en una cata que demuestra el resultado de todo lo que ocurre en Arriaca: cervezas equilibradas, con personalidad, ideadas para consumir en el día a día, para curiosos, pero también, expertos cerveceros.
En la tienda física nos hacemos con unas cuantas variedades y continuamos nuestra ruta, encaminándonos hacia el lugar perfecto para degustarlas.
Surfeando el cielo de la Muela
En unos 20 minutos, a 16 kilómetros, llegamos a Alarilla por la CM-101. Subir al cerro de La Muela cuesta otros 5 minutos más por una pista asfaltada que encontramos a mano izquierda, antes de entrar en el pueblo. Este balcón natural, Mirador de la Campiña, es otro lugar de referencia; en este caso, para el vuelo en parapente y ala delta.
Es la parada ideal para degustar nuestro picnic premium: cerveza IPA maridada con bocadillo de pan rústico con lomo de orza, pimientos rojos asados a la leña y lajas de queso curado, que culminamos con bizcochos borrachos y una robusta Imperial Russian Stout, que combina a la perfección por sus matices cafeteros.
La climatología acompaña y se puede volar. Nuestro guía es Conrad, de Vuela la Muela, empresa radicada en Alarilla con más de una década de trayectoria y experiencia en vuelo en parapente biplaza y paratrike (con motor).
Mientras vamos sacando los equipos, Conrad nos explica que volar en parapente es hacerlo siempre contra el viento. Se trata de aprovechar la corriente (la térmica) que sube la ladera de la loma para ayudarnos a ascender. El único viento con el que no se vuela, advierte, es el de noroeste, el que viene de Ocejón. El mejor es el del suroeste.

No se necesita demasiado para disfrutar de esta experiencia, pero sí hay un par de requisitos. Pesar entre 30 y 100 kilos, llevar ropa cómoda y calzado deportivo. Y sí, se puede volar aunque se tenga vértigo. Ir sentado ayuda a tener equilibrio, dice con seguridad. Únicamente será imposible hacerlo si tienes un miedo atroz a las alturas. El punto más alto es de 965 metros.
En esta ocasión, el vuelo es por la cara oeste, aunque la más habitual es la vertiente sur. Es la bondad de esta montaña con laderas en todas las direcciones. Da igual desde donde saltes porque tienes asegurada una panorámica de 360º espectacular: la Campiña, el pico Ocejón, el Pico del Lobo, el embalse de Beleña, la propia Alarilla, el valle del Henares... y mucho más allá. Por eso, es uno de los lugares más frecuentados por aficionados al vuelo libre.
El equipo para volar es bastante sencillo. Cabe en una mochila grande. El parapente se compone de una enorme ala que desplegamos en el suelo, con varios cordinos de bonitos colores y una silla, un arnés equipado con correas y mosquetones enganchado al del monitor, que se coloca detrás nuestro. Él guía el vuelo en todo momento. Nosotros sólo disfrutamos, cámara GoPro y palo de selfi en mano. Aunque también existe la posibilidad de realizar un vídeo si se desea reforzar la experiencia.

Miramos en dirección al viento, nos colocamos en posición recta y seguimos sus pasos. La corriente ayuda a que el ala se levante. En esta ocasión, no ha hecho falta ningún colaborador, pero es conveniente tener uno cerca por si se necesita asistencia al despegar. Nuestros pies se elevan solos y el viaje parece dirigirse hacia el mismísimo sol. Disfrutamos de la brisa en la cara (en verano, obligatorio ponerse crema solar), de las vistas del río Henares, del mosaico de colores tierra-verde-dorado que hay bajo nuestros pies, de los olores de los cultivos… Es una sensación de libertad absoluta, de alivio.
Surfeamos el viento durante unos 20 minutos. A punto de terminar, vemos cómo otras personas están preparadas para volar y alguno juega con un pequeño ala delta teledirigido. Es muy bonito ver el baile de parapentes de llamativos colores en el cielo. Algunos hacen acrobacias y se atreven a dar volteretas en el aire. Pura adrenalina, si se prefiere una experiencia más intensa. Aterrizamos sobre la cima de nuevo. Ha sido un viaje perfecto, inolvidable.
África en Beleña
Después de desafiar a la gravedad, cogemos el coche en dirección a las Lagunas de Puebla de Beleña, un complejo lagunar de parameras sobre la raña de Uceda, un extenso relieve llano de origen plioceno (3 millones de años) al pie de la Sierra de Ayllón, que este año cumple 25 años como Reserva Natural. La visitamos con calima y eso subraya más su semejanza con el paisaje de sabana africano.

Dejamos el coche en el aparcamiento situado en la entrada. Está a punto de atardecer y no queremos perdernos el doble espectáculo visual.
En apenas 500 metros aparece el indicador de la Laguna Grande. Es fácil sentirse parte de la naturaleza que se desborda en este refugio. Paseamos por sus senderos, nos dejamos llevar por el camino. Los tonos ocres y dorados de la vegetación nos envuelven, se oyen nítidamente los cantos de los grillos. A lo lejos, algo difuminado por la bruma, se divisa el pico Ocejón.
Llegamos al observatorio de aves, construido en madera. Hay algunos paneles explicativos de la fauna y flora de este lugar, casi 200 hectáreas de superficie que es muchas cosas a la vez: zona de descanso, alimento, cría y reproducción de especies.
Por aquí pasan grullas, cigüeñas negras, gansos, gaviotas reidoras o garzas reales. Podrían ser ellas las que vemos reunidas, cerca del pequeño remanso de agua en que se ha convertido la Laguna Grande. Solamente admirar lo que nos rodea convierte el lugar en un oasis de paz impagable.

Algunos turistas sacan los prismáticos para no perderse detalle sin ser vistos. Nosotros permanecemos unos minutos sentados, viendo desde las rendijas de la caseta cómo el sol se prepara para ocultarse, avisándonos de que pronto llegará la noche. Recomendamos entrar y sentarse en estos puntos de observación y deleitarse viendo a las aves campar a sus anchas. Desde estos miradores, el viaje se vuelve interior: basta con sentarse en calma, escuchar y contemplar el hipnótico espectáculo de la vida silvestre.
Habrá tiempo para seguir hasta la Laguna Chica. Para ello, hay que desandar el camino hasta la senda principal donde el cartel indica que el paseo será de 900 metros. La pista hasta la segunda laguna es un paseo lineal, tranquilo, que se realiza por un sendero algo irregular entre árboles y matorrales y desemboca en un humedal no demasiado diferente en tamaño al anterior.
En verano no tiene mucha agua, pero el paisaje no nos defrauda. El ruido del mundo exterior desaparece. Nos permite escuchar nuestros propios pasos y el ligero viento peinando los carrizales.

El sol comienza su descenso final y el paisaje se convierte en una verdadera postal que consigue atraparnos por minutos con el baile de colores: del amarillo pardo al verde claro, del verde intenso al azul grisáceo, del blanco lácteo al violeta y al anaranjado de la despedida solar. Un espectáculo irrepetible con el que decimos adiós a un sugerente viaje sensorial por la Campiña.
GUÍA PRÁCTICA
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Itinerario: Guadalajara – Yunquera de Henares – Alarilla – Puebla de Beleña. La distancia es de 47 kilómetros que se realizan cómodamente en coche a través de carreteras bien comunicadas en una única jornada de viaje.
Tramo 1: Guadalajara-Cervezas Arriaca (Yunquera): Salimos de Guadalajara en dirección norte siguiendo el río Henares por la carretera CM-101 hasta Yunquera. La planta de Cervezas Arriaca se ubica a la entrada del municipio, en el Polígono Industrial Mohedano. La tienda de fábrica abre para la compra directa de producto para llevar, de lunes a viernes, de 9 a 16 horas. Más información: www.arriaca.es
Tramo 2: Yunquera-Alarilla: Retomamos la CM-101 avanzando unos kilómetros más allá de Humanes. Tomamos el desvío a la derecha por la carretera local GU-175, que nos conduce directamente a Alarilla. Es obligatorio reservar con antelación y la actividad queda sujeta a la meteorología del día. Toda la información de tarifas y reservas está en www.vuelalamuela.com Contacto: 628 56 53 12 | vuelalamuela@gmail.com
Tramo 3: Alarilla-Lagunas de Puebla de Beleña: Bajamos por la GU-175 hasta conectar con la CM-1001. Giramos a la izquierda en dirección a Cogolludo y después, tomamos el desvío por la CM-1004 en dirección a Puebla de Beleña. Las Lagunas se encuentran a unos 2 kilómetros, a mano derecha. El acceso es libre y gratuito. Recomendamos llevar prismáticos y calzado deportivo. Más información en la web de la Reserva Natural (Red de Áreas Protegidas de CLM) y en la de Geo-ruta 6 del Parque Natural Sierra Norte de Guadalajara (el humedal se incluye en la parada 4).







Texto: Elena Clemente.
Fotos: Jesús Ropero.
Reportaje elaborado dentro del Convenio de la Diputación de Guadalajara con la Asociación de Prensa de Guadalajara.
