Por los parajes del oro blanco

Por los parajes del oro blanco

Hoy en día cuesta imaginar que el condimento alimenticio más universal que existe fuera, durante siglos, esencial en la vida de los habitantes de las serranías de Guadalajara y del Señorío de Molina-Alto Tajo. Empleada como conservante, moneda de pago e incluso, elemento ritual, la sal constituyó una de las mayores fuentes de riqueza y de empleo en estas comarcas de la provincia de Guadalajara. Aún hoy es posible descubrir la profunda huella que dejó. 

Esa sal, imprescindible para el funcionamiento y la hidratación de nuestro organismo, ha estado presente en océanos, mares, ríos y montañas desde la formación del planeta Tierra, pero, en zonas de interior, solo existe en depósitos o corrientes de agua subterránea en esta parte de Europa.

 

Algunos de los yacimientos salinos de estas comarcas fueron explotados ya en época romana, aunque la gran mayoría tuvieron su apogeo entre la Edad Media y la Edad Moderna. Sin embargo, de los 25 conjuntos salineros de los que existe constancia en la provincia, solo unos pocos se mantuvieron en uso hasta mediados los años 90, y solo una pequeña parte de algunos de ellos continúan hoy en explotación. 

Durante la última década, el esfuerzo vecinal ha permitido la restauración y vuelta a su explotación de las Salinas de San Juan en Saelices, mientras otras, una pequeña parte de las de Imón, están en proceso de rehabilitación como recurso turístico, y todo ese valle con sus salinas ha sido incluido en la candidatura a Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO Paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza.

Los meses en los que se cosecha la sal -entre finales de mayo y principios de octubre, habitualmente- es cuando más atractivas están las explotaciones, pero podremos visitarlas durante todo el año.

 

La Flor de Sal 

La autovía del Nordeste, la A-2, divide nuestro recorrido por estos parajes salineros. Nos dirigimos primero hacia el Señorío de Molina y el Alto Tajo, a la localidad de Saelices de la Sal, cuyo nombre ya nos da pistas de lo que vamos a descubrir. 

Atravesamos el pueblo y, nada más pasar las últimas casas, siguiendo el curso del Arroyo de la Vega, aparecen las siluetas de las llamadas norias: dos edificios de piedra y planta octogonal que protegen los pozos abiertos sobre los acuíferos subterráneos de los que se extrae el agua salina con la ayuda de una renovada noria (en el edificio visitable) que antaño era movida por animales de carga como burros y asnos, y que hoy se conserva como atracción para los visitantes porque para extraer el agua se emplea una bomba mecánica. Aun así, el resto del proceso que se sigue en Saelices para obtener la sal continúa siendo muy tradicional y emplea muy pocas ayudas mecánicas.

Junto a una antigua ermita, hoy centro de recepción de los visitantes de las salinas, nos espera Lola, la guía que no tarda en sumergirnos en la historia de la recuperación de las salinas. El empeño de los vecinos y la creación de la Fundación Naturaleza y Desarrollo (FUNADER) desde el Ayuntamiento de Saelices, lo hicieron posible. En 2004 fueron declaradas Bien de Interés Cultural (BIC) y en 2011 se recuperó su explotación. La mayor parte de su producción se emplea como sal para carreteras, pero una pequeña parte de la cosecha se destina a la venta para uso culinario.

Aunque se puede contemplar el complejo salinero de San Juan desde la carretera, solo con una visita interpretada se puede ver bien y disfrutar de todo el patrimonio e historia que esconde gracias al relato, las anécdotas históricas y al conocimiento en primera persona de Lola, quien trabajó en la explotación durante algún verano y ayudó a ponerlas en marcha de nuevo.

Existen dos zonas o partidos en las salinas, cada uno con su noria, pero solo uno de ellos está abierto a las visitas.

Paseando por los caballones o caminos que discurren entre las eras o albercas -pequeños estanques de escasa profundidad para almacenar el agua salina-, averiguamos el porqué de la existencia de yacimientos salinos en estas zonas del interior peninsular. En un viaje en el tiempo hasta la era Mesozoica, nos imaginamos el supercontinente Pangea, el mar de Tetis, los movimientos de las placas tectónicas, lechos marinos y depósitos milenarios de halita -sal en su forma mineral-. Después, el agua dulce solo tuvo que filtrarse entre las rocas y se crearon los manantiales de agua salina y las bolsas de salmuera. 

Llegamos al edificio que acoge la noria. Junto a él, en una zona un poco más elevada que el resto del complejo encontramos el recocedero, un gran estanque de poco más de medio metro de profundidad hacia donde se envía el agua desde la noria, y donde la sal empieza a concentrarse por la acción del sol y el viento. Además, por el sistema de decantación que ejerce la gravedad, arena, algas y otras impurezas que puede tener el agua se depositan en el fondo.

Desde aquí, a través de un sistema de pequeños canales o acequias, el agua se va llevando a las eras de evaporación, donde la salmuera alcanza el punto de saturación y la sal cristaliza gracias al efecto del sol. Llega el momento de extraer la sal manualmente ayudándose de pesados rastrillos y otros utensilios. Y se va acumulando en los caminos, y conformando la tradicional estampa de hileras de montones blancos, antes de ser llevados al almacén o alfolí para su secado.

El proceso conlleva además otros pasos como la eliminación del agua de lluvia de las albercas, su limpieza y preparación para la siguiente cosecha. 

La actual estructura de las salinas ha evolucionado en el tiempo. Si bien hay nociones de que romanos y árabes pudieron haberlas explotado, no será hasta 1203 cuando aparecen datos de estas salinas en un documento. Y fue durante el reinado de Carlos III, mediado el siglo XVIII, cuando las salinas se modernizaron -como las de toda la provincia- y comenzaron a adoptar su actual estructura empleando los materiales que daba la tierra: rocas calizas y madera de sabina, que por su gran calidad es casi inmune a la putrefacción. 

El porqué un rey tuvo interés en mejorar las estructuras salineras es otra larga e interesante historia que podrás conocer a través de las visitas interpretadas. A grandes rasgos, las explotaciones salineras de toda la zona fueron propiedad de la Corona Española desde la Edad Media -dado el alto valor de la sal en la época- y casi todas ellas fueron fuente de mucha riqueza para los reyes y su corte, hasta la llegada del liberalismo en el siglo XIX y las leyes de Desamortización de Mendizábal y Madoz. 

De vuelta a la ermita del complejo salinero, que tiene una inusual forma elipsoidal y cuya acústica -nos cuentan-, ha despertado el interés de importantes técnicos musicales, podemos observar las increíbles formas que adoptan los cristales de sal y adquirir un bote de sal ´La flor de Saelices´.

Al lado, en el remozado y enorme alfolí, buen aspirante a museo, hay sitio para almacenar la sal, para guardar los cepillos, las botaduras, rodillos y otras herramientas que se usan para recoger la sal, y también para realizar interesantes talleres si la visita se hace con grupos, ya sean de escolares o de otra naturaleza. 

Podríamos descubrir los restos de otras instalaciones salineras si continuáramos por la carretera que pasa junto a las Salinas de San Juan, y nos dirigiéramos hacia Ocentejo y el maravilloso entorno del Hundido de Armallones

Y para otra ocasión dejaremos también la visita a las explotaciones salineras, de las que aún se conservan restos, en varias localidades pasando Molina de Aragón y penetrando por el otro lado del Parque Natural del Alto Tajo como las de Valsalobre, las de Armallá en Tierzo -en un buen estado de conservación y con los alfolíes aún en pie-, las de Terzaga o las de Traid.

Con las nociones de cómo funciona una explotación salina tradicional, de cuál fue su funcionamiento original y de todos los elementos que las conforman, nos encaminamos a la comarca donde se ubican las salinas más grandes e importantes de Europa, durante el siglo pasado y el anterior.

De vuelta a la A-2, desde Alcolea del Pinar, aprovechamos para acercarnos a Aguilar de Anguita y, en sus afueras, visitar los restos de las Salinas de La Torremocha que ya fueron explotadas por los romanos. Aunque están abandonadas, existe junto a ellas un cartel explicativo. Se pueden ver restos de algunas construcciones y observar muy bien la distribución de las eras, los caminos de piedra entre ellas, el cocedero y donde se ubicaron la noria y el alfolí.

 

Siguiendo el discurrir del río Salado

Cruzamos la autovía en dirección a la medieval Sigüenza y, desde allí, tomamos la carretera CM-110, siguiendo el discurrir del río Salado, uno de los afluentes más importantes del Henares, que drena el páramo entre la ciudad del Doncel y Atienza y cuyo nombre tampoco puede ocultar su origen. A lo largo de un recorrido de unos 20 kilómetros, visitaremos algunas de las instalaciones salineras más importantes del continente en su época de esplendor que ayudaron sin duda a conformar todo el entorno. 

Siendo una de las fuentes de riqueza principal de los Reyes castellanos, estos cedieron la explotación o rendimientos de las salinas a sus nobles, señores de la Corte o a la Iglesia, durante siglos.  De ahí que sea esta una zona donde abundan grandes castillos medievales y donde se ubica la catedral de la provincia, cuya construcción se debe en buena medida a la sal.

Paramos primero en las Salinas de la Olmeda de Jadraque, construidas en la Edad Media. Los restos que han llegado hasta nuestros días son del siglo XVIII y fueron, tras las de Imón, las más importantes de su época. Son privadas y una parte está en explotación con fines industriales. La instalación está vallada, pero paseando alrededor vemos que hay varios edificios, hoy en ruinas, que servían como vivienda a los temporeros y hasta una iglesia. De sus cinco norias se conservan bastante bien tres de ellas. De los almacenes uno se mantiene en pie y el otro ha perdido la totalidad de su cubierta. Las albercas y recocederos conservan en su mayoría sus empedrados y maderos -llegaron a estar en uso unas 800 albercas, divididas en distintos partidos-. 

Para poder observar mejor la explotación y ver muchas de sus albercas, podemos continuar por el camino que atraviesa la finca privada de Cirueches y que llega hasta el embalse de El Atance, bajo cuyas aguas están los restos de otra salina.

También se puede llegar hasta esta explotación por un sendero que parte desde la cercana Carabias, que contó también con unas salinas, hoy abandonadas y cuyos restos pueden verse entre campos antes de llegar al río del Vadillo. Sobre estas antiguas salinas existe la disputa acerca del término al que pertenecieron: si al propio Carabias o lo que hoy es la finca Cirueches. 

La diferencia de tamaño e importancia entre unas salinas y otras tiene no solo dependía del número de pozos que pudieran abrirse, sino también del promedio de salinidad de sus aguas. Así, mientras el mar Mediterráneo tiene una salinidad de en torno al 3% (30 gramos por litro) las salinas de Imón o La Olmeda llegaron a registrar una salinidad del 18%, alcanzando algunos de sus pozos el 20%, lo que las convertía en aguas muy saturadas.

Volviendo sobre nuestros pasos, en un camino antes de llegar al pueblo de Bujalcayado, encontramos las salinas del mismo nombre. Aunque se hallan en estado de abandono, se puede ver aún en pie uno de los almacenes, restos de una noria, y se puede apreciar el trazado de las albercas y de un cocedero.

De nuevo en dirección a Atienza, a unos pocos kilómetros, la carretera pasa por entre las instalaciones de las Salinas de Imón, que fueron las mayores salinas de interior de España y Europa, por extensión y producción.

Que el avanzado estado de abandono no haga que el desánimo invada al visitante. Aún es posible observar la grandeza que tuvo la explotación: entrando en el pueblo, que está a pocos metros de las salinas, y buscando una zona alta para poder observar la gran extensión de albercas que aún hoy se pueden apreciar o paseando por la carretera junto a las instalaciones.

Explotadas desde siglos atrás, las primeras referencias a las Salinas de Imón y La Olmeda aparecen en escritos de 1137 en los que se atribuye su propiedad a Alfonso VII de Castilla, y se da fe de la donación del diezmo de ambas salinas al obispo Bernardo de Agén, artífice de la reconquista de Sigüenza. Más tarde, la corona cedería la explotación al Obispo de Sigüenza y al Cabildo de la Catedral. 

Siglos después, a partir de 1564, la sal se convirtió en un bien fiscalizado. El rey Felipe IV creó el estanco de la sal, un monopolio estatal sobre su producción, distribución y venta, con la finalidad de recaudar ingresos para la Hacienda real.

El declive de las explotaciones salineras comenzó a finales del XIX, con el denominado "desestanco de la sal" -la abolición del monopolio estatal-, seguido de la llegada del sector privado, la competencia de las salinas de mar, la mecanización de muchos procesos que llevó a la pérdida de muchos puestos de trabajo, impulsando la emigración, y a la larga, al cierre de casi todas las explotaciones. 

En sus mejores etapas, la Salinas de Imón llegaron a contar con más de 800 temporeros que llegaban con sus familias de toda España. El conjunto se componía de tres grandes almacenes, cinco norias (hoy solo dos conservan parte de la techumbre), varios recocederos distribuidos por todo el conjunto y unas mil albercas, casi todas conservan sus muros de piedra y maderos. Además, las instalaciones contaban con un conjunto de edificios que albergaban oficinas y otras estancias. 

En sus albercas -hoy en día hay algunas en explotación porque son propiedad privada- aún puede observarse el color rosado del agua por el efecto que causa en ellas la presencia del alga ´Dunaliella salina´, una especie que acumula gran concentración de betacarotenos y que en condiciones de hipersalinidad y altas temperaturas se vuelve roja o anaranjada.

Estas salinas fueron las últimas de interior que dejaron de funcionar hacia mediados los 90. Son Bien de Interés Cultural desde 1992 y forman parte de la Zona de Especial Conservación (ZEC) y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) Valle y Salinas del Salado, en la que se incluye la Microrreserva de los ´Saladares de la cuenca del río Salado´.

Pronto, una parte recuperará todo su esplendor gracias al protocolo firmado entre el Ayuntamiento de Sigüenza y la Diputación Provincial de Guadalajara para reforzar la candidatura a Patrimonio Mundial de la UNESCO de la zona, que permitirá adecuar como espacio visitable los terrenos cedidos por los propietarios de las Salinas de Imón. En concreto, el almacén de San José -situado en la curva a la izquierda de la carretera, en dirección a Atienza-, los principales recocederos y partidos de albercas, y la noria Mayor. 

Y quién sabe si una vez que se rehabilite la zona, se podrá también recuperar la gran noria de madera procedente de estas Salinas de Imón, actualmente en manos del Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo (CEHOPU), organismo dependiente del CEDEX. De hecho, la noria de Imón es su pieza estrella para la exposición temporal que llevan años mostrando por toda España llamada ´Ars Mechanicae: Ingeniería medieval en España´.

Ahora seguimos disfrutando de este valle singular por su disparidad de hábitats y gran importancia geológica, cuyas aguas dulces han ido adquiriendo salinidad al pasar por estos focos de sal que ocupan el subsuelo y por el aporte de las explotaciones salineras que se han instalado a su paso. Y en nuestro recorrido, apreciamos un entorno natural único de yesos, margas y arcillas rojas, compañeros de los depósitos de halita -sal en su forma mineral-. 

Muy cerca de donde nos encontramos, en Santamera, se ubicaron las Salinas de Gormellón, más tarde del Cercadillo. Muy importantes durante la Edad Media, estuvieron en funcionamiento hasta mediados del siglo XVI. Hoy son parte de una propiedad privada y no se pueden visitar.

Al otro lado del valle, junto al arroyo de los Rejares, hay restos de las Salinas de Valdealmendras, pero también se encuentran dentro de una propiedad privada. 

Si tomamos la carretera hacia la vecina Soria, presidida por el imponente castillo de Riba de Santiuste, podremos encontrar restos de algunas salinas más, casi todas al borde mismo de las vías, como las de Riba de Santiuste, pasado el pueblo, en el borde izquierdo, donde se pueden aún distinguir el trazado de las albercas y ver los restos de algunos muros. 

Seguimos y encontramos las Salinas de Rienda, que se asientan también junto a carretera y entre las que destaca un imponente edificio del siglo XVII, en mal estado, donde vivían encargados, capataces y trabajadores temporeros. Por detrás, en estado de ruina, pero fácilmente reconocibles, vemos los restos de dos norias, cuatro recocederos, unas 130 albercas y varios almacenes.

Más adelante, entre sembrados, abandonadas y muy deterioradas -aunque aún se pueden ver los restos de algunos de sus edificios-, junto al arroyo de La Laguna podemos llegar a las Salinas de Paredes de Sigüenza, término en el que nace el río Salado. 

También junto a la carretera, podemos observar los pocos restos que quedan de los muros de las albercas de las salinas de Torredelrábano.

De regreso, nos dirigimos a Alcuneza, otra de las pedanías seguntinas con un conjunto salinero. Tomamos el Paseo de las Cruces en Sigüenza y cruzamos al otro lado de la vía del tren al camino que llega al pueblo, y desde el que se ven muy bien las ruinas de unas salinas, a la derecha. Apenas quedan los muros de algunos edificios, de varios recocederos y el trazado de los muros de las albercas, pero lo más curioso es que no pertenece al río Salado sino al Henares.

 

Todas las zonas salineras que hemos visitado cuentan con muchos senderos y rutas para bicicleta, de la Red Natura 2000, propuestas por los organismos locales y provinciales, o por aficionados al senderismo y al cicloturismo. Aquí os dejamos una pequeña muestra: 

  • Ruta SPG-27 ´Tierra de Salinas´: Con un recorrido de 10 km, está diseñada para senderismo y BTT. Es una ruta circular que va de La Olmeda de Jadraque a Santamera y atraviesa las salinas que mayor importancia tuvieron, además de campos de cultivo, una chopera y el embalse del Atance.
  • Ruta 3 ´Por los altos del Valle del Salado´: Una ruta circular de 6,2 km entre Palazuelos y Carabias que ofrece vistas panorámicas del valle, patrimonio artístico único, sus salinas y bosques autóctonos. Discurre por la Microrreserva de los saladares del río Salado.

 

Más información y reservas:  

 

Textos: Susana Abella Adame

Fotografías: Alejandro Jiménez Calvo

Reportaje elaborado dentro del Convenio de la Diputación de Guadalajara con la Asociación de Prensa de Guadalajara