Pueblos que se salen del cuadro: una ruta entre color y paisaje
Hay viajes que se planean para llegar lejos y otros que consisten simplemente en levantar el pie del acelerador. El nuestro apenas nos aleja unos kilómetros de Guadalajara capital, pero nos invita a mirar despacio, a descubrir pueblos donde una fachada puede convertirse en una ventana abierta a la memoria, donde un mural nos habla de la historia y donde las personas que encontramos por el camino terminan formando parte del paisaje.
Salimos de Guadalajara hacia Escariche a primera hora de la mañana. Tomamos la N-320 y enlazamos después con varias carreteras autonómicas que nos llevan hacia el sur de la provincia. Pasado Chiloeches, el paisaje empieza a abrirse: lomas suaves, campos recién cosechados, olivares y pacas de paja que parecen pequeñas esculturas sobre la tierra. La carretera invita a conducir sin prisa. También porque, de vez en cuando, un corzo puede cruzarse en el camino.
Llegamos a Escariche. Aparcamos en la plaza. El pueblo tiene cuestas, pero también algo que enseguida nos anima a recorrerlas: algunos murales integrados en las fachadas que se pueden descubrir caminando.

En Escariche, hay murales que evocan estampas cotidianas.
Las pinturas no son una moda reciente. En 1984, el artista natural de la localidad Rufino de Mingo puso en marcha un proyecto que reunió a colegas de distintas disciplinas y nacionalidades. Los vecinos cedieron las fachadas de sus casas y el pueblo llegó a convertirse en una galería de arte al aire libre. Algunos murales ya desaparecieron, pero los que aún se conservan siguen hablando de tiempo, libertad, vanguardia o ecología… La propia web municipal recoge la historia de aquel proyecto y permite conocer mejor las pinturas.
Continuamos caminando. Se suman al recorrido Esther y Viqui. Nos cuentan que Escariche cambia mucho con las estaciones. En verano regresan quienes conservan aquí sus casas y las calles recuperan una animación que el invierno adelgaza. “Es un pueblo pequeñito pero tiene muchas cosas, hasta farmacia”.
En la plaza encontramos una furgoneta de bollería artesana. Compramos unos bollos antes de continuar. Nos acercamos a la iglesia, que está abierta, y completamos el paseo con la postal del Calvario, desde donde se abren buenas vistas.
Antes de marcharnos, Pachu nos recuerda que Escariche fue pionero en estas pinturas y que incluso llegaron a hacerse tarjetas con ellas. Ahora entendemos que los murales de este pequeño municipio alcarreño son solo una parte de su historia. La otra está en quienes los recuerdan.
De Escariche a Driebes tenemos unos treinta kilómetros. Seguimos en la Alcarria. El paisaje sigue siendo agrícola, aunque poco a poco cambia: las lomas se abren y aparecen los valles del Tajo y del Tajuña.

Caraca está muy presente en distintos rincones de Driebes.
En el municipio driebense los grafitis adquieren otra dimensión. Aquí el arte dialoga con Caraca, la antigua ciudad carpetana y romana localizada en el Cerro de la Virgen de la Muela, un enclave declarado Bien de Interés Cultural.
Recorremos las calles y disfrutamos de sus pinturas. Después hacemos una pausa en la plaza. Hace calor y necesitamos reponer fuerzas. En la Taberna La Plaza, Deisi nos prepara algo para comer.

El yacimiento de Caraca, con el río Tajo al fondo.
Después, al bajar el sol, podemos acercarnos a Caraca. Las investigaciones han permitido conocer parte de la trama urbana de la antigua ciudad, con foro, termas, viviendas y acueducto. Su entorno nos ofrece además una perspectiva diferente del paisaje. En Driebes, arte y arqueología terminan formando un mismo relato.
Si hemos elegido hacer el viaje en dos jornadas, este es un buen lugar para detenernos, visitar el asentamiento, pasear por sus callejuelas al atardecer, charlar con sus vecinos, cenar en alguno de sus establecimientos y dormir en alguna de sus casas rurales.
Moranchel: la trampa está en nuestros ojos
A la mañana siguiente retomamos la carretera. Seguimos en tierras alcarreñas. Aparecen campos de cereal, olivares y esos girasoles que en verano ponen manchas amarillas sobre el paisaje.
Poco a poco se asoma Moranchel, encaramado sobre un pequeño monte y descolgándose por sus laderas. Aquí empieza otro tipo de viaje: el de aprender a desconfiar de nuestros propios ojos.
Asun Vicente comenzó a pintar sus trampantojos en 2006, después de conocer esta técnica en Francia. “Vi que había muchos trampantojos y dije: Esto lo puedo hacer yo en mi pueblo”, recuerda. Desde entonces ha convertido fachadas en escenas de la vida cotidiana: puertas, ventanas, alacenas, fuentes, animales, panaderías y objetos que pertenecen a la memoria de la localidad.

Uno de los trampantojos más icónicos de Moranchel.
Seguimos junto a Asun las flechas pintadas por ella misma para realizar el recorrido de ese paisaje efímero y nos detenemos. Retrocedemos y volvemos a mirar. La panadería parece real. Preguntamos dónde está. No existe. Asun sonríe. Ese es precisamente el juego.
La artista nos explica que busca conservar las tradiciones, la forma de vida y la tranquilidad del pueblo. Sus trampantojos son también, sin duda, una manera de atraer visitantes. En el recorrido, el arte deja de ser decoración y se convierte en una forma de contar cómo era y cómo es este pequeño municipio. Asun nos insiste en una idea: “El visitante tiene que estar abierto a la sorpresa porque lo que hoy es de una forma, mañana puede cambiar. Es arte efímero en continua transformación y movimiento”, incide mientras caminamos y disfrutamos de lo que vemos y sentimos.
Subimos una cuesta y aparece en escena, delante de su casa, Luis Ranz, vecino también del municipio. Nos relata, entre risas, que el trampantojo de la panadería pintado en una de las viviendas llegó a parecer tan real que, tras pasar por allí el coche de Google, le cobraron durante un año el IBI por aquella supuesta construcción. Tuvo que reclamar, claro. No podemos evitar reírnos con él. Para facilitar el paseo podemos consultar el propio blog de la artista.

El respeto por el entorno está muy presente en los murales de Moranchel.
Dejamos la Alcarria para dirigirnos a contemplar más arte en La Toba. Un recorrido que merece la pena hacer despacio.
En Jadraque hacemos una parada. El Castillo del Cid aparece sobre el cerro y marca el cambio de paisaje. Desde aquí podemos contemplar el valle del Henares y la Sierra Norte al fondo.

Al parar en Jadraque no hay que perderse un enorme mural frente a la iglesia.
También tiene un gigantesco mural frente a la iglesia que no dudamos en disfrutar. Podemos aprovechar para comer. La localidad cuenta con restaurantes, bares y cafeterías, y entre sus especialidades destaca el cabrito asado con salsa jadraqueña. La Oficina de Turismo ofrece visitas guiadas los sábados, domingos y festivos.
Tras compartir una comida que se alarga entre conversación y conversación, tomamos otra vez la carretera para alcanzar nuestro siguiente destino. El camino vuelve a estrecharse y a serpentear. Estamos cerca. Ahora, los campos dejan paso al monte. Cambia el paisaje, cambia también la luz y el olor.
La Toba: el último mural está hecho de personas
Nuestra ruta termina aquí, en plena Sierra Norte. En una pequeña localidad serrana donde las calles recuperan en verano parte de la vida que el invierno les retrae.
Nos acercamos hacia la iglesia y comenzamos a descubrir los murales. Hay uno en el lavadero, otro detrás de la residencia de mayores y otro en el depósito del agua. El del lavadero es de los más recientes y transforma fotografías del propio pueblo en dibujos.

El lavadero de La Toba reúne varios y preciosos murales para disfrutar al detalle.
En el camino nos encontramos con Paulino. Para él, los murales forman parte del decorado del pueblo.
Seguimos caminando. Vemos la picota y bajamos hasta la fuente de los tres caños. Vemos a Pedro. Nos acercamos a disfrutar de otra bella pintura: la niña con los peces. Después de dos días siguiendo pinturas y trampantojos, comprendemos que los murales no son el final de la historia. Son la puerta para entrar en ella.
Salimos de La Toba rumbo a Guadalajara. Pronto anochecerá. El ambiente está impregnado del olor de la tierra y de la vegetación autóctona. Los carteles vuelven a advertir de la presencia de corzos y levantamos de nuevo el pie del acelerador. Entonces aparece el embalse de Alcorlo.

El embalse de Alcorlo como posible final de esta ruta.
Llegamos cuando empieza a caer la tarde. El agua recoge la última luz y la Sierra Norte se convierte en una sucesión de sombras y reflejos dorados. Encontramos aquí una última imagen sin pintura.
Escariche nos ha enseñado que las paredes pueden guardar memoria. Driebes, que el arte puede conversar con la historia. Moranchel, que una fachada puede engañar a nuestros ojos. Y La Toba nos ha recordado que detrás de cada pintura hay personas.
Regresamos a Guadalajara, quizá con destino final en Madrid, con una sensación clara: no hacía falta ir muy lejos para encontrar pueblos que, literalmente, se salen del cuadro.
Guía práctica
- RUTA: Guadalajara - Escariche - Driebes - Moranchel - La Toba - embalse de Alcorlo - Guadalajara.
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DURACIÓN: podemos hacerla en un día si reducimos las paradas, pero recomendamos dos jornadas para disfrutar de las conversaciones, Caraca, Jadraque y el atardecer en Alcorlo.
- Escariche: recorrido a pie por los murales, iglesia y Calvario. Consultar la web municipal.
- Driebes: además de los murales, recomendamos reservar tiempo para Caraca.
- Moranchel: recorrido a pie siguiendo las flechas. Consultar el blog de la artista.
- Jadraque: parada especialmente recomendable para comer y contemplar el Castillo del Cid. La Oficina de Turismo ofrece visitas guiadas los sábados, domingos y festivos.
- La Toba: paseo por los murales, la picota y la fuente de los tres caños.
- Alcorlo: si hacemos la ruta en dos días, el embalse es un buen punto final para contemplar el paisaje al atardecer.
Texto: Belén Monge.
Fotografías: Óscar Izquierdo Barbas.
Reportaje elaborado dentro del Convenio de la Diputación de Guadalajara con la Asociación de Prensa de Guadalajara.






